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Sin ser visto

1990

1990

Al igual que la serie Guardo todas las pistas (1989), el elemento principal de este conjunto de obras es la lona azul, aunque aquí, como eje vertebral, deja atrás el sombrero de papel. La tela se pone en diálogo con objetos domésticos de madera y espejo. La madera es el material del que comúnmente se fabrica el mobiliario del hogar, aquel que acoge y conforta. También son de madera los bastidores de bordar —elemento clave en la serie—. El espejo —ya presente en la instalación De cara a la pared (1989)—, en cambio, “fragmentará, distorsionará y dialogará con la realidad; desvelará lo oculto y, a la vez, ocultará.” (Cotanda, 2012, p. 65), revelando y escondiendo los temas en torno al género y la masculinidad. Si anteriormente el foco se situaba en el taller, la infancia y el colegio, ahora el interés se desplaza hacia el hogar y las labores tradicionalmente femeninas, como el bordado y la costura. En este sentido, esta serie complementa y amplía la anterior.

Este nuevo trabajo articula la conjunción de elementos paradójicos en relaciones inesperadas. Al intervenir los objetos, Cotanda revela contradicciones latentes en aquello que socialmente se adscribe a las esferas de lo masculino o lo femenino. Descompone objetos —comúnmente extraños—, materiales y significados para dejar las obras suspendidas en un vacío que se presenta como una ausencia de sentido. La mezcla resulta extravagante, desconcertante.

La fuerza de la obra recae en lo que el artista denomina un interés “laminar”, entendido este como la insistencia por la acumulación de capas vinculadas a lo blando y lo maleable (en Picazo, 1998, p. 14). Esta sensación de blandura posibilita erigir cuerpos de constitución abierta, capaces de expandirse, de no darse por concluidos. Las telas ocultan, guardan, se tensan para permanecer impermeables. Esta presencia del tejido es profundamente táctil (Power, 1990, p. 38) y despierta una percepción háptica que conduce a un sinfín de sensaciones y asociaciones donde se inscriben referentes femeninos. La figura de una madre —presente y ausente a la vez— sobrevuela todas las piezas. El pavor que produce la pérdida de masculinidad también.

El título, Sin ser visto —que da nombre a una exposición individual homónima en 1990 en la Galería Joan Prats (Barcelona)—, alude tanto a una forma de estar en el mundo como al propio tema que organiza la serie.

A partir de aquí pueden diferenciarse dos bloques: el primero vinculado a la infancia y el juego; el segundo, a las labores femeninas.

El primer bloque se centra en el juego infantil dentro del hogar, ya lejos de la uniformidad de la escuela. Cotanda se preocupa por el cuidado de la casa, perfilando escenas que parecen suspendidas en una silenciosa tensión, como en Con ojos nuevos (1990), Algo por descubrir (1990), Con los pies sobre la tierra (1990) y Las cartas sobre la mesa (1990).

En el segundo bloque, Cotanda se refiere explícitamente a las labores femeninas, como la costura o el bordado, para vincularlas con la forma circular —tradicionalmente asociada a lo femenino—. Según las metáforas o las referencias literarias (Luis Buñuel, Salvador Dalí, Federico García Lorca), estas formas pueden devenir ojos, ojales, botones o la misma Luna. Aunque el elemento central será el bastidor de bordar, que tensa la tela azul hasta convertirla en una superficie sólida, tirante, impenetrable. Cotanda muestra una fascinación por las dos caras que obtiene. Y mientras una es vista, la otra permanece, irremediablemente, oculta. Solo la aguja puede atravesarlas y unirlas.

En una remembranza de infancia, Walter Benjamin (1983) cuenta cómo, en su casa, pasan las tardes bordando flores sobre cartones, limpiaplumas, fundas. Cada vez que estaba a punto de terminar el dibujo, asegura el filósofo, “yo caía […] en la tentación de enamorarme del enrejado del envés, el cual se volvía cada vez más enredado” (p. 117). Tras la imagen del bordado queda escondida la maraña de hilos necesaria para configurar su apariencia. Si se observa esta maraña, la imagen no se vislumbra. Sin embargo, ambos estados, orden/enredo, son las dos caras de un mismo cuerpo; interdependientes, se necesitan el uno al otro.

Esta ambigüedad se sigue moviendo entre pares de opuestos: presente/oculto, masculino/femenino, realidad/ensueño. La combinación resulta incongruente e ilógica, como ocurre en Casi con sigilo (1990), Ojo y ojal (1989-1990), Sin trampa ni cartón (1990), Lo que tengo entre manos (1989-1990) y Sobre el cielo (1989-1990). Tras estas piezas, Cotanda renuncia de forma definitiva a usar más la lona azul.

 

Benjamin, Walter (1982). Infancia en Berlín hacia 1900 (Klaus Wagner, trad.). Madrid, España: Alfaguara.
Cotanda Ramón, Ricardo (2012). Ricardo Cotanda. Un recorrido por su obra artística 1989-2005 (tesis doctoral). Universidad de Castilla - La Mancha, Cuenca, España.
Picazo, Glòria (1998). Entrevista a Ricardo Cotanda. En Je t’… (pp. 14-15). Lleida, España: Ajuntament de Lleida.
Power, Kevin (1990). Ricardo Cotanda: El lado oculto de la memoria. En Ricardo Cotanda. Sin ser visto (pp. 37-39). Barcelona, España: Galería Joan Prats.


Al igual que la serie Guardo todas las pistas (1989), el elemento principal de este conjunto de obras es la lona azul, aunque aquí, como eje vertebral, deja atrás el sombrero de papel. La tela se pone en diálogo con objetos domésticos de madera y espejo. La madera es el material del que comúnmente se fabrica el mobiliario del hogar, aquel que acoge y conforta. También son de madera los bastidores de bordar —elemento clave en la serie—. El espejo —ya presente en la instalación De cara a la pared (1989)—, en cambio, “fragmentará, distorsionará y dialogará con la realidad; desvelará lo oculto y, a la vez, ocultará.” (Cotanda, 2012, p. 65), revelando y escondiendo los temas en torno al género y la masculinidad. Si anteriormente el foco se situaba en el taller, la infancia y el colegio, ahora el interés se desplaza hacia el hogar y las labores tradicionalmente femeninas, como el bordado y la costura. En este sentido, esta serie complementa y amplía la anterior.

Este nuevo trabajo articula la conjunción de elementos paradójicos en relaciones inesperadas. Al intervenir los objetos, Cotanda revela contradicciones latentes en aquello que socialmente se adscribe a las esferas de lo masculino o lo femenino. Descompone objetos —comúnmente extraños—, materiales y significados para dejar las obras suspendidas en un vacío que se presenta como una ausencia de sentido. La mezcla resulta extravagante, desconcertante.

La fuerza de la obra recae en lo que el artista denomina un interés “laminar”, entendido este como la insistencia por la acumulación de capas vinculadas a lo blando y lo maleable (en Picazo, 1998, p. 14). Esta sensación de blandura posibilita erigir cuerpos de constitución abierta, capaces de expandirse, de no darse por concluidos. Las telas ocultan, guardan, se tensan para permanecer impermeables. Esta presencia del tejido es profundamente táctil (Power, 1990, p. 38) y despierta una percepción háptica que conduce a un sinfín de sensaciones y asociaciones donde se inscriben referentes femeninos. La figura de una madre —presente y ausente a la vez— sobrevuela todas las piezas. El pavor que produce la pérdida de masculinidad también.

El título, Sin ser visto —que da nombre a una exposición individual homónima en 1990 en la Galería Joan Prats (Barcelona)—, alude tanto a una forma de estar en el mundo como al propio tema que organiza la serie.

A partir de aquí pueden diferenciarse dos bloques: el primero vinculado a la infancia y el juego; el segundo, a las labores femeninas.

El primer bloque se centra en el juego infantil dentro del hogar, ya lejos de la uniformidad de la escuela. Cotanda se preocupa por el cuidado de la casa, perfilando escenas que parecen suspendidas en una silenciosa tensión, como en Con ojos nuevos (1990), Algo por descubrir (1990), Con los pies sobre la tierra (1990) y Las cartas sobre la mesa (1990).

En el segundo bloque, Cotanda se refiere explícitamente a las labores femeninas, como la costura o el bordado, para vincularlas con la forma circular —tradicionalmente asociada a lo femenino—. Según las metáforas o las referencias literarias (Luis Buñuel, Salvador Dalí, Federico García Lorca), estas formas pueden devenir ojos, ojales, botones o la misma Luna. Aunque el elemento central será el bastidor de bordar, que tensa la tela azul hasta convertirla en una superficie sólida, tirante, impenetrable. Cotanda muestra una fascinación por las dos caras que obtiene. Y mientras una es vista, la otra permanece, irremediablemente, oculta. Solo la aguja puede atravesarlas y unirlas.

En una remembranza de infancia, Walter Benjamin (1983) cuenta cómo, en su casa, pasan las tardes bordando flores sobre cartones, limpiaplumas, fundas. Cada vez que estaba a punto de terminar el dibujo, asegura el filósofo, “yo caía […] en la tentación de enamorarme del enrejado del envés, el cual se volvía cada vez más enredado” (p. 117). Tras la imagen del bordado queda escondida la maraña de hilos necesaria para configurar su apariencia. Si se observa esta maraña, la imagen no se vislumbra. Sin embargo, ambos estados, orden/enredo, son las dos caras de un mismo cuerpo; interdependientes, se necesitan el uno al otro.

Esta ambigüedad se sigue moviendo entre pares de opuestos: presente/oculto, masculino/femenino, realidad/ensueño. La combinación resulta incongruente e ilógica, como ocurre en Casi con sigilo (1990), Ojo y ojal (1989-1990), Sin trampa ni cartón (1990), Lo que tengo entre manos (1989-1990) y Sobre el cielo (1989-1990). Tras estas piezas, Cotanda renuncia de forma definitiva a usar más la lona azul.

 

Benjamin, Walter (1982). Infancia en Berlín hacia 1900 (Klaus Wagner, trad.). Madrid, España: Alfaguara.
Cotanda Ramón, Ricardo (2012). Ricardo Cotanda. Un recorrido por su obra artística 1989-2005 (tesis doctoral). Universidad de Castilla - La Mancha, Cuenca, España.
Picazo, Glòria (1998). Entrevista a Ricardo Cotanda. En Je t’… (pp. 14-15). Lleida, España: Ajuntament de Lleida.
Power, Kevin (1990). Ricardo Cotanda: El lado oculto de la memoria. En Ricardo Cotanda. Sin ser visto (pp. 37-39). Barcelona, España: Galería Joan Prats.


Con ojos nuevos
1990
Madera y lona azul, 200x200x150 cm.
Esta pieza inaugura la serie. A la altura de los ojos del artista cuelgan, de una estructura de madera, varias hojas de lona azul troqueladas con la forma de un prismático, en conexión con Guardo todas las pistas (1989). En el suelo descansan otras hojas, como si hubiesen caído de este peculiar calendario que mantiene suspendida en el tiempo la repetición de lo mismo: un antifaz cegador de un intenso azul.
Algo por descubrir
1990
Lona, madera, espejo, 30x260x140 cm.
Sobre un colchón con forma de ocho —o de ojos de prismáticos—, cubierto de lona azul, descansa un conjunto de juguetes de construcción. Las piezas de madera permanecen dispersas, desarticuladas, sin edificar nada. Su cara superior es de espejo. Distribuidas sobre el peculiar colchón, trazan un paisaje nocturno, como si fuesen estrellas que orientan, aunque no construyen.
Con los pies sobre la tierra
1990
Lona y madera, 250x50x120 cm.
Una escalera de madera presenta en su base unas anclas del mismo material. Lejos de aportar estabilidad al objeto, lo desequilibra. En la parte superior reposa un barquito de papel hecho con loneta azul, cuelga lánguido, desarmado, roto.
Las cartas sobre la mesa
1990
Lona y madera, 90x170x200 cm.

Una mesa camilla, colocada del revés, parece varada. Sus patas emergen desnudas, mientras una loneta azul —leída como mantel, falda o faldón— se acumula a su alrededor. La base, apoyada con una inclinación inestable, se convierte en un bastidor donde la tela se tensa. La operación da la vuelta al objeto para mostrar lo que habitualmente permanece oculto; sin embargo, al hacerlo, aquello que se encontraba encima queda paradójicamente escondido. Esta pieza funciona como nexo con el segundo bloque, donde la casa y el hogar se combinan con las labores femeninas. La mesa camilla es, tradicionalmente, el lugar donde las mujeres realizan labores de costura. También es un espacio de escondrijo y refugio.
Casi con sigilo
1990
Lona, madera e hilo, 25x80x40 cm.
Esta pieza abre este segundo bloque. Se observa cómo en “la tela azul, tensada por [un] bastidor, dos palillos de tambor han quedado atrapados, cosidos, silenciados. Dos palillos fálicos [inmovilizados] en un lecho vaginal.” (Cotanda, 2012, p. 78). La operación introduce una inversión simbólica en la que lo relativo a la percusión, el ritmo y la acción queda contenido, suspendido y neutralizado por una acción femenina. La imagen resulta tan explícita como inquietante, abriendo una lectura en torno a la vulnerabilidad de la masculinidad cuando se ve atrapada en aquello que históricamente ha relegado.
Ojo y ojal
1989-1990
Lona, madera, espejo e hilo de algodón, 35x80x4 cm.
Al presentar en paralelo dos cuerpos circulares de igual diámetro, la obra establece un diálogo formal con las piezas de Felix Gonzalez-Torres. A la izquierda se encuentra un bastidor de madera que contiene una tela azul con una hendidura vertical. A la derecha, un espejo con cuatro perforaciones en su zona central; mediante hilo azul, los huecos superiores se conectan con los inferiores en paralelo y en vertical. La imagen remite a la relación entre un botón —objeto masculino, penetrante— y su ojal —configuración vaginal, femenina—. Los cuerpos se complementan, aunque el color del ojal, por su carga tradicional, desestabiliza esta analogía entre lo masculino y lo femenino. Además, la colocación altera una convención social que define el género y está profundamente arraigada: el botón a la derecha es de ropa de hombre; a la izquierda, de ropa de mujer. De este modo, Cotanda atenta contra lo esperable, introduciendo confusión en los códigos normativos del género.
Sin trampa ni cartón
1990
Lona, madera y acero, 30x150x80 cm.

Dos bastidores se colocan en el suelo, en paralelo, separados a cierta distancia. Ambos tensan tela azul, pero mientras uno muestra su parte interior (cóncava, orientada hacia abajo), otro enseña su parte exterior (convexa, orientada hacia arriba). En el primero aparece el mango de un serrucho. En el segundo, su punta. Su disposición completa, imaginariamente, el objeto. La imagen resulta paradójica. El serrucho es una herramienta de corte, agresiva, y según su uso, y peligrosa. Como objeto violento, se puede relacionar con lo fálico y lo masculino. En este caso, la herramienta de corte aparece dividida, incompleta, amputada, castrada (Cotanda, 2012, p. 80), contenida en dos cuerpos asociados a lo femenino: los bastidores de bordar. La composición permanece abierta, perturbadora, sin poder cerrar sentidos ni significados estables.
Lo que tengo entre manos
1989-1990
Lona, madera, hilo y cartón, 45x140x45 cm.
Dos bastidores de madera se colocan perpendicularmente en el muro, uno enfrente del otro, como si se reflejasen mutuamente, estableciendo una relación entre iguales que remite nuevamente a la homosexualidad. Ambos tensan telas azules que sobresalen de su marco. Sus caras frontales se unen por unos hilos, también azules, que atraviesan el espacio. En el reverso se observan dos manos masculinas —las del propio artista— troqueladas en cartón azul. Los hilos se enredan en sus dedos y palmas, como si formasen parte de un mismo cuerpo que se entrega al juego de los hilos. Cada mano es la presencia invertida de la otra. Nuevamente Cotanda genera una imagen paradójica donde los elementos masculino y femenino, presuntamente opuestos, conviven en aparente contradicción. Es más, para comprender la imagen, tenemos que valorar lo que no se ve, lo que pertenece siempre al otro lado.
Sobre el cielo
1989-1990
Lona, madera e hilo, 45x40x10 cm.
Un bastidor se sitúa horizontalmente en lo alto de la pared. Contiene lona azul que excede los límites de madera y se dobla sobre sí misma. El exceso de material descansa sobre el marco, convirtiéndolo en una repisa. Desde abajo se observa cómo en la parte trasera del bastidor —la parte visible— se han bordado unas cruces que sujetan la tela. Esta operación convierte la escena en un cielo estrellado. Al igual que en Dentro de un orden (1989), la obra sugiere que la masculinidad se sostiene en su propia repetición y acumulación. Sin embargo, al ubicarse en alto, las nociones se entremezclan, actúa como ideal elevado y como límite que impide el crecimiento.
Archivo Queer de Artistas Visuales. València, 1975-2024.
joaquín artime